Porque escribir es viento fugitivo y publicar, columna arrinconada. Blas de Otero

miércoles, 21 de diciembre de 2011

No me da la gana


Artículo publicado en Tercera Información.

Leopoldo de Gregorio, más conocido como el Marqués de Esquilache, llegó a España en 1759 con el propósito de modernizar la villa y corte de Madrid. Carlos III le había encargado el empeño de situar a Madrid a la altura de las grandes capitales europeas. Ciudades como París, Roma o Viena poseían grandes avenidas, estaban bien iluminadas y en las últimas décadas se habían adaptado a los parámetros urbanísticos del siglo de las luces. Por aquel entonces Madrid era una ciudad de callejuelas oscuras e inseguras que carecían de empedrado y de farolas. Madrid se había quedado anclado en la austeridad de las formas y en una estética más propia del siglo XVI que del siglo ilustrado. Las primeras medidas de Esquilache consistieron en ampliar la red de alcantarillado, empedrar las calles e instalar cerca de 4000 farolas en toda la capital. Sin embargo, las acciones no solo se limitaron a la mejora de las infraestructuras de Madrid sino que afectaron de pleno a las costumbres y a la vida cotidiana de los madrileños. Por ejemplo, se prohibió jugar a las cartas en las tabernas y portar armas de fuego.

Pero fue por el decreto del 11 de marzo de 1766 por el que Esquilache pasó a la historia y a nuestra memoria colectiva. Ese día se colgaron de las paredes de Madrid bandos que prohibían el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha. Los bandos fueron arrancados al instante por un pueblo indignado contra el ministro italiano de Carlos III. Pocos días después dos madrileños protagonizaron nuestra historia al pasearse desafiantes frente al cuartel de la plazuela de Antón Martín. Ambos vestían capa larga y lucían sendos chambergos. Uno de los alguaciles del cuartel se dirigió a uno de ellos para que obedeciera la ley: “paisano, ¿por qué no observa usted lo mandado y no amputa ese sombrero?”. La respuesta al unísono de los dos madrileños fue: “no nos da la gana”. A partir de ese momento se generalizó el motín del pueblo contra Esquilache y las crónicas nos cuentan que miles de madrileños se echaron a la calle y que la guardia valona del Rey causó numerosas muertes entre los amotinados hasta que Carlos III accedió a las peticiones de los sublevados.

El desacato a la autoridad es uno de los rasgos del pueblo español. La rebelión de los comuneros, el levantamiento del 2 de mayo o el bandolerismo andaluz pusieron en jaque a las estructuras políticas del momento y a imperios hasta la fecha invencibles como el napoleónico. No se trata de idealizar ciertos capítulos históricos por el simple hecho de contener una impronta popular. No en vano se puede hallar un componente reaccionario en rebeliones como la del motín de Esquilache e incluso en la del 2 de mayo. La historia oficial nos describe como el motín de 1766 fue atizado por la Iglesia y por la vieja aristocracia que vieron peligrar sus privilegios con la llegada de ministros italianos a la corte de Carlos III. Es posible que fuera así del mismo modo que no podemos ignorar el carácter social de cualquier levantamiento popular al margen de los intereses que hagan encender la mecha. En el motín de Esquilache el pueblo de Madrid no solo se lanzó a la calle para poder jugar a las cartas en las tabernas o para vestir sus oscuras capas largas con orgullo castizo. Se echaron a la calle por hambre y porque vivían en la miseria. El incremento de los precios de alimentos básicos como el pan o el aceite de oliva y la elevada presión fiscal habían abierto una profunda brecha de desigualdad social en un país pobre de solemnidad. Por encima del acervo cultural y de la psique nacional los pueblos se mueven por necesidad.

Decía Marx que el “ser social determina la conciencia”. O lo que es lo mismo: las revoluciones no las hacen la gente feliz con la despensa llena. Pues bien, en los tiempos actuales cada vez son más los que carecen de una despensa llena y en algunos casos de un hogar en el que vivir. La ofensiva contra los derechos de los trabajadores y el proceso de desmontaje del Estado del bienestar mediante una oleada permanente de recortes sociales han sentado las bases de cómo serán las relaciones sociales y laborales del futuro. O de cómo los gobiernos y las élites económicas han diseñado que sean. Porque si bien ellos operan y aprueban leyes o reformas constitucionales desde una supuesta legalidad no es menos cierto que la falta de legitimidad provoca que millones de ciudadanos no se sientan representados ni identificados con una democracia que cojea y se tambalea por seguir ciegamente el paso impecable de los mercados financieros. Legalidad y legitimidad no acostumbran a ir de la mano. Esa es una importante tara del sistema actual que allana el camino hacia la desobediencia civil.

No nos han dejado otra alternativa. Es preciso volver a pasearnos por delante de los cuarteles y entonar un “no nos da la gana” colectivo. Ya no valen los consensos constitucionales del pasado ni son posibles los grandes acuerdos globales en materia laboral y social porque, entre otras cosas, ya no son necesarios para justificar el barrido de nuestros derechos. Se podría decir que el sistema se ha desprendido de la careta democrática. Bajo el eufemismo de los “gobiernos técnicos” se han saltado las formas que con tanto celo y esmero guardaron durante años. Frente a la imposición de unos pocos solo nos queda recuperar y alentar el espíritu de desobediencia de los muchos ciudadanos que no están dispuestos a someterse, de los que tienen vacía la despensa y de los que la tienen llena. Porque a mí tampoco me da la gana. No es una cuestión romántica sino de supervivencia.

Pedro Luna Antúnez.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Donde habite el olvido


Artículo publicado en Tercera Información.

Hace unos días un compañero de trabajo volvió a recordarme la historia de Pablo Díez. Han pasado sólo siete años pero es como si el paso inexorable del tiempo hubiera difuminado o, en algunos casos, borrado el recuerdo de toda una vida. Ya casi nadie se acuerda de Pablo ni de su historia. La clase obrera no suele pasar a la posterioridad ni sus nombres merecen una entrada en la Enciclopedia. O en la Wikipedia para ser más actuales. Pasan a la posterioridad aquellos a los que les sonrió el destino. Aquellos que saborearon las mieles del éxito y que obtuvieron la fama y el reconocimiento social. Pero millones de vidas anónimas se consumen en el más absoluto de los silencios. Vidas que se pierden en la intrahistoria, que es la vida de los seres anónimos olvidados por la historia oficial.

Sin embargo, en su momento Pablo fue noticia. Lo fue en la prensa e incluso algunos columnistas como Gregorio Morán inmortalizaron su tragedia. Es posible que se fijaran en Pablo porque su caso nos enseñó el lado más inhumano y mezquino de un sistema que años más tarde mostraría su verdadera cara, ya sin tapujos ni máscaras. Pablo era un burgalés de Castrillo de Rucios, uno de esos pueblos castellanos abandonados y que como cantaba Serrat, “por no pasar ni pasó la guerra”. Pablo llevaba más de diecisiete años trabajando como conductor de autobuses en TMB, en la compañía municipal de transportes de Barcelona. Quien viva en el área metropolitana de Barcelona sabe del coraje y de la firmeza de los conductores de autobuses en la defensa de sus derechos laborales. A un autobusero de Barcelona no le llevas al huerto fácilmente. Más que un colectivo de trabajadores son una piña y dentro de esa piña Pablo era muy apreciado y querido por sus compañeros. No era el que más destacaba ni el que más ruido hacía. Era más bien un hombre discreto y prudente.

En sus diecisiete años como conductor de autobuses Pablo jamás tuvo problemas con nadie y fue lo que se dice un trabajador ejemplar. Hasta que llegó el día que se dio de bruces con una realidad despiadada. En le empresa habían ascendido a jefe a un antiguo compañero de Pablo, a uno de esos currantes insolidarios y trepas que venderían a su madre por ganarse la chaquetilla de capataz. Desde el primer momento Pablo no cayó en gracia a su nuevo jefe. Éste era como otros tantos de su calaña, cruel con el débil y sumiso con el poderoso. Un día Pablo le pidió un favor a su jefe: que le cambiara el turno de fin de semana para poder acompañar a su hijo al partido de fútbol que jugaba cada domingo. “Te lo pido por favor” le dijo Pablo. Su jefe le contestó que no le cambiaba el turno porque no “le salía de la punta del capullo”. El jefe le había cogido ojeriza. E iría a por él.

Al cabo de unos días se presentaron en las cocheras de TMB unos inspectores de la empresa. Acusaban a Pablo de haberse quedado con el importe de un billete de autobús. Un total de 1,10 euros. La empresa le dio a Pablo la opción de elegir entre el despido o que reconociera ser el autor del robo y en ese caso asumir una sanción de seis meses de baja de empleo y sueldo. Al mediodía Pablo llamó a su mujer para explicarle lo ocurrido. Le dijo que no se preocupara y que no iría a casa porque deseaba estar solo para pensar. Pero Pablo no volvió esa noche a casa. Al día siguiente lo encontraron ahorcado en la zona del Polvorín de Montjuic. Pablo quiso ahorcarse con el uniforme de conductor de autobuses de Barcelona. La Guardia Urbana entregó a su mujer las escasas pertenencias que llevaba encima: la cartera, el móvil, el anillo de boda, una cadena, las gafas de sol y la carta de despido. Pablo se quitó la vida con la carta de despido en el bolsillo.

El entierro de Pablo se celebró en el cementerio de Collserola. Cuentan que el último adiós a Pablo fue realmente indescriptible y profundamente emotivo. Era abril de 2004 y por aquellos días en Barcelona estaba a punto de inaugurarse el Fórum de las Culturas. El Fórum acaparaba todos los titulares de la prensa. Pablo apenas mereció algún teletipo y alguna que otra columna. Con el tiempo, el olvido hizo el resto y la historia de Pablo pasó a formar parte de la intrahistoria. Acordaos que un hombre se quitó del medio por 1,10 euros.

Pedro Luna Antúnez.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Manuel Azaña


Azaña vuelve al Congreso titulaba ayer el diario de Prisa. La vuelta consistía en un busto instalado en la sala de Isabel II del Congreso de diputados. Es una ironía histórica que uno de los dirigentes políticos más lúcidos y cultivados que ha tenido España, republicano para más señas, comparta sala con una de las reinas más simplonas y frívolas que ha dado la nefasta dinastía de los Borbones. Es más, el busto de Manuel Azaña se ha colocado en la sala dedicada a Isabel II frente a una descomunal escultura de aquella reina a la que Pío IX calificó como “Puttana, ma pia”.

Dice Bono que se imagina las conversaciones entre ambos y el resto de retratos de políticos que cuelgan de la excelsa sala. Porque entre otros retratos figuran el de Canovas del Castillo y el de Sagasta así como el de Alcalá Zamora y el de Adolfo Suárez. Es decir, por un lado la España del caciquismo bipartidista de la Restauración, por otro el que fuera presidente de la 2º República hasta abril de 1936 y con quien Azaña no se llevó precisamente bien y por último uno de los próceres de esa transición democrática que pudo ser y se quedó en un mero traspaso de poderes, expresión por cierto muy actual.

Pobre Don Manuel Azaña. Su legado en un busto que como metáfora de la historia asistirá impávido a la mediocridad de la clase política española y a la decadencia de un sistema cada vez más deshumanizado y postrado a los designios de los Mercados. Los mismos Mercados que financiaron el golpe de Estado militar de julio de 1936. Los Juan March de ayer son los Emilio Botín de hoy.

Manuel Azaña nos queda en sus textos. A través de ellos llegaremos “al problema de España” que de manera tan aguda examinó el mismo Azaña. En esa biblioteca virtual de consulta que es La Insignia hallamos algunos escritos suyos para leer y repasar una y otra vez. Los podemos encontrar en el especial España, 1936-1939, un compendio esencial para entender uno de los periodos fundamentales de la historia de nuestro país.

Pedro Luna Antúnez.

martes, 11 de octubre de 2011

Poetas del 15 de mayo

Reseña de "Poetas del 15 de mayo" para #bookcamping

Antología recopilada desde el blog Poetas del 15 de mayo de un centenar de poetas comprometidos con el "Movimiento 15-M" desde el activismo social y literario. Tomando la poesía como una herramienta de transformación, los versos de autores como Jesús Gómez Gutiérrez, Miguel Ángel Yusta, Julia Carú, Fernando Sabido Sánchez o Ada Luz Márquez obran de caleidoscopio para visualizar los primeros días de la indignación ciudadana a través de la experiencia de quienes participaron activamente en el surgimiento de un movimiento que de manera espontánea y en pocos meses ha removido las estructuras y las conciencias de nuestro país como ningún otro movimiento social lo había logrado. La editorial Séneca se ofreció a plasmar en papel el presente compendio con la finalidad de llevar la poesía indignada a los lectores sin acceso a internet. El resultado final es una edición a la que hemos reservado un lugar preferente en nuestra biblioteca personal. No en vano, es un trozo de nuestra historia reciente y un enorme ejercicio de solidaridad.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 14 de agosto de 2011

Gente corriente

Cuenta Johnny Rogan en su imprescindible biografía sobre The Smiths como en la Irlanda de los años cincuenta la pobreza seguía siendo una amenaza perenne para buena parte de la población. Eran los años del estado del bienestar y de la recuperación económica en Europa Occidental. Sin embargo, Irlanda vivía aún anclada en el pasado. El partido socialdemócrata “Clann na Poblachta” propuso a principios de la década un programa social basado en el modelo británico. Pero entre el eterno partido gobernante, el “Fianna Fail”, y la todopoderosa iglesia católica, echaron por tierra cualquier ilusión de progreso social y de modernización del país que alterara la vieja utopía del líder nacionalista De Valera de una Irlanda rural y gaélica. Ello propició que entre 1951 y 1956 más de 200.000 irlandeses tuvieran que hacer las maletas y emigrar hacia las prósperas ciudades inglesas, fundamentalmente a ciudades como Londres, Manchester, Liverpool y Birmingham.

Un buen grueso de la emigración irlandesa recaló en Manchester. La emigración es el desarraigo y la ruptura con las raíces. La emigración es dolor. El mismo pesar que sintieron aquellos irlandeses que llegaron a Manchester en la década de los cincuenta y que fueron recibidos con la misma frialdad con la que se recibe a un extraño del que desconfías. Frialdad que en ocasiones se tornaba en un cruel rechazo. Ese desprecio quedaría ilustrado en algunos anuncios de alojamiento y trabajo de la época en los que se podían leer avisos como “Abstenerse irlandeses” o “No se admiten irlandeses, personas de color o perros”.

Los miembros de The Smiths tienen en común el hecho de ser hijos de emigrantes irlandeses y de haberse criado en los barrios obreros de Manchester. Todos ellos nacieron entre finales de los cincuenta y la primera mitad de los sesenta. Es decir, alcanzaron la adolescencia en la década de los setenta. El Manchester de los años setenta era una ciudad dura en la que no era sencillo sobrevivir. Fue una de las ciudades inglesas más castigadas por la recesión económica y los conflictos laborales se dejaron sentir, especialmente tras la llegada al poder en 1979 de la conservadora Margaret Thatcher. El cierre de fábricas y minas en el norte de Inglaterra así como la falta de expectativas para los hijos de la clase trabajadora definían el paisaje urbano de aquellos años. Sin futuro y sin empleo, no fue difícil que algunos jóvenes ingleses recurrieran a la delincuencia.

Se dice que Johnny Marr, futuro guitarrista de The Smiths, se relacionó durante algún tiempo con una banda de ladrones de joyas. Poco antes había dejado el instituto para disgusto de su padre. Y es que en el distrito obrero de Ardwick las oportunidades escaseaban y el sueño que habían albergado los irlandeses que llegaron en los cincuenta se iba desvaneciendo. Morrissey tuvo algo más de fortuna. Se había pasado toda la infancia y adolescencia encerrado en su cuarto leyendo a los grandes clásicos de la literatura inglesa. Gracias a una sólida formación literaria y a sus conocimientos del panorama musical pudo colaborar en algunas revistas e incluso publicó en 1981 una apasionada biografía de los New York Dolls. Se llegó a independizar en 1978. Pero tras una mala experiencia en un mísero piso del suburbio de Whalley Range no le quedó más remedio que volver al hogar materno.

The Smiths debe el nombre del grupo a la gente corriente, a los millones de Smiths que viven en Gran Bretaña. Era un nombre vulgar, alejado de las pompas y del glamour de las rutilantes estrellas del rock. Ellos eran de la clase obrera. “Hoy decreto que la vida es simplemente tomar y no dar. Inglaterra es mía y tiene la obligación de mantenerme” escribió Morrissey en una de las primeras canciones de The Smiths. La falta de horizontes siempre ha estado muy presente en las canciones de The Smiths. Sin ser un grupo politizado en la medida que lo eran The Clash o el incombustible Billy Bragg, supieron transmitir las frustraciones de toda una generación. Ellos mismos habían pasado por aquello. “Quédate con los de tu clase que yo me quedaré con los de la mía” proclamaban orgullosos en “Miserable Lie”.

En 2010 el primer ministro británico David Cameron declaró públicamente que era un fan confeso de The Smiths. A los pocos días del anuncio tanto Morrissey como Johnny Marr prohibieron literalmente a David Cameron la categoría de fan del grupo. Ellos que habían crecido bajo el azote del desempleo en Manchester y ellos que habían apoyado las huelgas de los mineros británicos durante los años más duros del Thatcherismo, no estaban dispuestos a que un político conservador frivolizara con algo tan serio como The Smiths. Curiosamente, el asunto llegó a la mismísima Cámara de los Comunes y una diputada del Partido Laborista interpeló al primer ministro sobre su condición de fan del grupo de referencia entre los estudiantes cuando por otro lado se disponía a aprobar el aumento de las matrículas universitarias.

En los últimos días Inglaterra ha asistido a una oleada de protestas y disturbios en las calles. Los medios de comunicación y el propio David Cameron se han encargado de encasillar el fenómeno como meros actos vandálicos cometidos por rufianes e inadaptados a los que sólo cabe castigar y reprimir. Ni la prensa ni las instituciones públicas de Gran Bretaña y ni mucho menos David Cameron han relacionado la profunda desigualdad social que vive el país con las algaradas callejeras. Alguien le podría haber soplado al oído que hasta su idolatrado Johnny Marr tuvo que delinquir de joven para poder ganarse la vida. Asimismo, algún asesor podría haberle recordado la exclusión social y la represión que sufren amplios colectivos de inmigrantes asiáticos y de raza negra. Poco habrá cambiado Gran Bretaña desde que los irlandeses eran comparados con los perros. Ahora son otros los humillados y los marginados. Pero las injusticias no sólo no han desaparecido sino que se han agravado.

Pedro Luna Antúnez.

jueves, 11 de agosto de 2011

Los miserables

Adjunto artículo publicado en Rebelión.

En el mes de agosto parece que la vida se detuviera de golpe. Aquellos que nos gobiernan se van de vacaciones y políticamente hablando agosto se convierte en un mes inhábil. Podríamos decir que los centros de poder cierran por vacaciones. Por ello, los diarios pueblan sus ediciones de suplementos estivales y la atención mediática se centra en el bikini de la duquesa de Alba o en los modelos que luce Lady Gaga. Los que vivimos en grandes ciudades vemos como las calles y avenidas se vacían y como los afortunados veraneantes salen con presteza hacia su lugar de descanso dejando atrás el estrés y la rutina diaria. Sin embargo, no todo el mundo puede irse de vacaciones. En realidad, las grandes ciudades ya no se vacían como antaño. La precariedad laboral, el desempleo y la exclusión social han propiciado en los últimos años que tomarse un mes de vacaciones pagadas se haya convertido en una utopía para buena parte de la clase trabajadora y en un privilegio para quienes las disfrutan.

La crisis no se va de vacaciones. Mejor dicho, la ofensiva antisocial de los gobiernos y la destrucción del Estado del Bienestar siguen su curso. Bien lo sabemos en Cataluña. Por ejemplo, sólo en agosto la Generalitat ha decretado el cierre de 85 ambulatorios y centros de atención primaria (CAP). El mensaje parece estar claro: prohibido enfermar en vacaciones. Incluso Boi Ruiz, consejero de Salud de la Generalitat, declaró hace unos días que el Estado debería de estudiar un sistema de copago para la sanidad pública. Recordemos que Boi Ruiz era el presidente de la patronal catalana de hospitales cuando Artur Mas le propuso su entrada en el gobierno de la Generalitat. Por lo tanto, es evidente que el objetivo de CiU no es otro que el de privatizar de manera paulatina la sanidad pública catalana. Lejos de relajar su guerra contra los más desprotegidos parece que CiU haya escogido agosto para intensificar su campaña. No en vano, es una estrategia política conocida. En 2010 el gobierno del PSOE también aprovechó la proximidad del verano para aprobar una nueva reforma laboral. La razón es muy sencilla. Llega el verano y nos vamos de vacaciones. Y en septiembre borrón y cuenta nueva.

No es de extrañar que CiU haya esperado al mes de agosto para modificar la manera de pago de la Renta Mínima de Inserción (RMI). Con la excusa de evitar posibles fraudes, la Generalitat decidió que en agosto la prestación, de algo más de 400 euros, se pagaría mediante un cheque en lugar de la habitual transferencia bancaria. Desde la Consejería de Empresa y Ocupación de la Generalitat se aseguró a los afectados que se enviarían los cheques por correo certificado a principios de agosto. Pues bien, estamos a mediados de agosto y cerca de la mitad de catalanes con derecho a la ayuda aún no han recibido el cheque correspondiente. Ello ha ocasionado que miles de catalanes se hayan personado en la Consejería de Bienestar y Familia de la Generalitat en busca de soluciones. La respuesta de la Generalitat fue poner a disposición de los afectados un número de atención telefónica que se colapsó el primer día. El resultado es el de miles de familias al borde de la exclusión al no haber podido hacer frente a diversos pagos mensuales.

La situación en torno a la Renta Mínima de Inserción y la pasividad institucional exhibida por la Generalitat pone de relieve no sólo la escasa sensibilidad social del gobierno de CiU sino su miseria humana. Porque de miserables hay que calificar a quienes juegan con el sufrimiento de los más necesitados. Y si resulta que esos mismos miserables aluden al fraude como coartada para modificar las condiciones de pago de la Renta Mínima de Inserción, estarán evidenciando miseria e hipocresía a partes iguales. Si el gobierno de CiU quiere atajar de verdad el fraude sólo tiene que virar su atención hacia las grandes fortunas, hacia aquellos que están defraudando al fisco más de 245.000 millones de euros cada año. Pero no lo harán porque si de algo hace gala el gobierno de CiU es de conciencia de clase. De su clase, claro.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 17 de julio de 2011

El desgarro

"LLums trencades", fotografía de María Holguera.

“Lo tienes clarinete” le dije a Inma sin pestañear. Ella se quedó pasmada y algo desconcertada, como si fuese la primera vez que alguien le llevaba la contraria. Pero a los pocos segundos se puso brava: “¿Es que no quieres follar conmigo?”, me preguntó. En ese instante hubiera preferido detener el tiempo y pensar con calma mi respuesta. La verdad es que la chica era un bellezón y de buena gana me la hubiera llevado al catre pero algo me decía que no era trigo limpio. Bueno, a decir verdad, eso ya lo sabía yo. Así que miré fijamente a esos ojazos negros y le contesté de manera lacónica: “No puede ser, el amor nos desgarrará”. Lejos de amilanarse, ella respondió con toda su artillería pesada: “¿Pero a ti qué coño te pasa, estás alelado o qué?”.

Conocí a Inma gracias a Jorge, un amigo de la facultad de historia. Nos presentó el verano pasado en un bar de Gracia durante las fiestas del barrio. Yo no suelo ir de jarana pero esa noche no tenía gran cosa que hacer y mi amigo insistió en vernos. Cuando llegué me encontré a Jorge acompañado de una morenaza. Enseguida comprendí que mi amigo quería fardar de pibón. Hablamos y bebimos sin tregua. Inma, que no paraba de darle al pico, se bebió hasta el agua de los geranios. Al cuarto o quinto gin tonic ya tropezaba con los bordillos de la plaza del Sol. Tuvo que ir varias veces al servicio. Aprovechando una de las ausencias de Inma, Jorge me miró extasiado y haciendo aspavientos con los brazos exclamó: “!Menuda chati, Pedro, es una Diosa!”.

La Diosa dio calabazas a mi amigo al cabo de unos meses. Lo último que Jorge supo de ella es que estaba viviendo con un artista polifacético del Raval. Jorge no lo pasó muy bien. Se refugió en sí mismo y volvió a ser el veinteañero indolente que conocí en la universidad pero con quince años más. ¿Todo por una mujer? No, exactamente. Poco después de recibir el puntapié de Inma su empresa presentó un expediente de regulación de empleo y se quedó en el paro. Compuesto y sin novia, Jorge se hizo un tatuaje en el hombro derecho de un símbolo tribal de la isla de Pascua y se fue de picos pardos a Ibiza. En apenas tres meses ya se había pulido la indemnización del despido. En fin, lo habitual en los tiempos que corren.

Hace un par de semanas recibí una llamada inesperada. Al instante reconocí la altiva voz de Inma. Me dijo que volvía de pasar unos días en Berlín y que no le importaría tomar unas cañas conmigo. Yo tenía mis reservas pero acepté la cita por matar la curiosidad. Quedamos en el Mirinda a última hora de la tarde. Ella llegó con veinte minutos de retraso y con toda la chulería del mundo. Al preguntarle cómo había conseguido mi número la muy ladina me soltó: “Un día trasteando en el móvil de Jorge le pillé al vuelo varios números, uno de ellos el tuyo”. Acto seguido, Inma empezó a cruzar las piernas en un vaivén erótico festivo que me tuvo engatusado un buen tiempo. Quise hablar de Jorge pero ella me cortó en seco. “Olvídate de tu amigo” dijo esbozando una sonrisa felina. Y siguió cruzando las piernas.

Mi café se enfrió y la cita se fue al garete. Inma dejó de cruzar sus esbeltas piernas. “Eres un infeliz que se deja guiar por estúpidos códigos de amistad” expresó a modo de sentencia final. Antes de marcharse, me hizo una pregunta: “¿Por cierto, qué querías decir con esa chorrada del amor nos desgarrará?”. “No te preocupes, es sólo una canción” respondí.

Pedro Luna Antúnez.

sábado, 16 de julio de 2011

Knockemstiff


Reseña de "Knockemstiff" de Donald Ray Pollock para #bookcamping

Donald Ray Pollock es un héroe de la clase obrera. Tras haber estado trabajando durante treinta y dos años en una fábrica de papel, se ha convertido en una de las revelaciones literarias más impactantes de la nueva prosa yankee. Sin embargo, no estamos hablando del sueño americano. La literatura de Ray Pollock está poblada de perdedores, de padres alcoholizados y maltratadores, de madres adormecidas por la tele basura, de jóvenes consumidos por el speed, de violadores, de analfabetismo emocional y del lumpen más desclasado y ultraviolento. No hay posibilidad de redención. Ray Pollock retrata el pueblo donde nació y creció, Knockemstiff, sin tapujos ni miramientos, lo hace a bocajarro. Es la América de los "redneck" y de la "white trash". Es la América real que jamás nos enseñó el cine de Hollywood. Pero no es sólo América. Cómo afirma Kiko Amat en un prólogo impecable, Knockemstiff es un pueblo de Ohio pero bien podría ser "una fiel representación de todos los pueblos de su calaña que hay en EEUU. Y también en Rusia y en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán, y en cualquier parte donde existan el aislamiento, el analfabetismo, la desperación, la vergüenza, la culpa, la violencia..". Sin ir más lejos, bien podría ser nuestro propio barrio.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 10 de julio de 2011

Los solitarios

La foto del anuario escolar de Thomas Pynchon.

En este mundo de la farándula en el que vivimos hoy quiero recordar a los solitarios. Pienso en JD Salinger y en Thomas Pynchon, pero también en el Pío Baroja recluido en su casa de Vera de Bidasoa. Pienso en los cascarrabias y en los anacoretas, en aquellos que eligieron una vida lejos de la fanfarria y del bullicio. Los medios de comunicación e incluso la crítica literaria nos han vendido el estereotipo del bicho raro cuando se trataba de escrutar una novela como El guardián entre el centeno. La novela de los psicópatas, decían, la que llevaba Mark David Chapman cuando le descerrajó cuatro tiros a John Lennon. Casi condenan a JD Salinger. Normal que no quisiera fotografiarse en público. Hace unos años cogí prestado de la biblioteca del barrio una biografía de JD Salinger escrita por su hija Margaret. Afirmaba que su padre era un egoísta y un iluminado. ¿Y aún siendo cierto por qué sacar los trapos sucios de la familia en un libro cuando su padre jamás quiso saber nada del mundo? Por dinero, claro. Un buen puñado de dólares hace que una hija venda a su padre. Ese es el mundo en el que vivimos. Maldita sea. Ignoro si a Thomas Pynchon la familia le ha tratado mejor. La opinión pública desde luego no. ¿Por qué en la Wikipedia afirman que el autor de El arco iris de gravedad padece una “extrema fobia social”? Ese es un diagnostico grave, la fobia social es un trastorno psicológico importante. Son sandeces que uno suele leer a menudo en Internet. Como jamás se dejó entrevistar en el show de David Letterman pues resulta que está enfermo. La crítica siempre ha ido a degüello contra él. “Parece una tostadora” escribió el crítico literario de la revista Time sobre Contraluz, una de las últimas novelas de Thomas Pynchon. ¡Zas, en la boca te daba yo a ti! De Pío Baroja siempre se ha dicho que era un tipo más bien huraño y reservado. Es posible que fuera misógino. Por ejemplo, a Don Pío jamás se le conoció novia alguna ni un triste romance sentimental. Hay que ser raro de la hostia, claro. Él prefería contar historias sobre las guerras carlistas o el hampa madrileño de principios del siglo XX. Pero gracias a tal rareza podemos disfrutar del centenar de novelas que nos dejó el viejo de la boina. A mí me caen muy bien los solitarios. Aquellos que de manera muy austera vivieron y viven sin estridencias ni grandes lujos. Una casa y una mujer. Poco más se necesita. Éramos bolcheviques pero sentíamos envidia sana, y en ocasiones no tan sana, de aquel doctor Zhivago que escribía los poemas a Lara en Varykino. Sentíamos devoción por Julie Christie. “En Rusia la vida privada no existe, la historia la ha matado” le soltó el feroz Strelnikov al poeta. Esa fue la denuncia de Boris Pasternak. De todas formas, siempre me ha costado entender la psicología del pueblo ruso. Lo que sí entiendo es que ésta sociedad es un despropósito y que con cierta frecuencia es necesario y saludable echarse al monte y apartarse un poco de la corriente. No vaya a ser que nos dejemos ir por ella y nos aboque a la estupidez.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 12 de junio de 2011

A los caballos de Arturo Fernández


Adjunto artículo que he redactado para Rebelión.

Una vez más el dócil gobierno central ha claudicado ante los caballos del gran capital. La comparecencia del ministro de trabajo Valeriano Gómez el pasado viernes se realizó sin estridencias y en un clima de resignación. A Valeriano Gómez, otrora economista en el gabinete técnico de la ejecutiva confederal de la UGT, se le vio incómodo, posiblemente porque él jamás se hubiera imaginado verse en una situación comparable, es decir, justificando una nefasta reforma de la negociación colectiva sin el aval de los sindicatos mayoritarios. En líneas generales podríamos afirmar que el decreto del gobierno no reforma la negociación colectiva sino que la destroza para hacerla más manejable a los intereses de la patronal. Es más, sienta un grave precedente puesto que retuerce la negociación colectiva hasta debilitarla y en algunos casos hacerla desaparecer.

Como la reforma laboral y la del sistema público de pensiones, la reforma de la negociación colectiva no era necesaria si se trataba de paliar los déficits laborales de la economía española. Los propios sindicatos han reiterado hasta la saciedad que la actual crisis no tenía su origen en el mercado de trabajo. No les faltaba ni un ápice de razón. Sin embargo, se hallaron casi sin quererlo en un diálogo social permanente tendiente a materializar la mayor reforma laboral de los últimos treinta años. Uno de los objetivos, tanto del gobierno como de la clase empresarial, era la negociación colectiva.

El páramo. Con la nueva reforma de la negociación colectiva se pretende flexibilizar las relaciones laborales especialmente en el ámbito de las pequeñas y medianas empresas. Porque serán prácticamente inexistentes las relaciones laborales que se articularán en tales empresas al priorizarse los convenios de empresas por encima de los convenios sectoriales. En una pirueta circense Valeriano Gómez defendió la nueva jerarquía de los convenios de empresa ya que los “sectoriales son convenios que hay que ir desterrando porque son un lastre para las empresas”. Él sabe perfectamente que el verdadero lastre será para millones de trabajadores que se quedarán sin interlocución a la hora de negociar sus convenios colectivos al arrancarles de cuajo el colchón de las organizaciones sindicales. ¿Qué capacidad real de negociación se dará en las pymes, que representan más del 90% de empresas de este país?. Millones de trabajadores quedarán en el desamparo más absoluto frente a la voracidad insaciable de las patronales. Para ellos se ha creado un páramo sin derechos laborales.

Los mediadores. A fin de desbloquear los posibles desacuerdos entre sindicatos y patronal la reforma proyecta el arbitraje externo de carácter vinculante. Así se establece para la mayoría de los ámbitos de negociación, detalle que pone de relieve la propia desconfianza del gobierno en la nueva filosofía de relaciones laborales que impone. Por ejemplo, los convenios colectivos quedarán en manos del mediador si una vez transcurrido el plazo máximo de negociación, fijado en 20 meses, las partes no llegan al acuerdo. Asimismo, el arbitraje podrá intervenir en los casos de descuelgue salarial no consensuados. Recordemos que una de las propuestas de la patronal era que las empresas con “dificultades económicas” tuvieran la potestad de no aplicar los incrementos salariales pactados en los convenios sectoriales. En este sentido, el texto permite a las empresas acogerse a los descuelgues salariales mediante el previo acuerdo con las organizaciones sindicales. En el supuesto de que ambas partes no llegaran a un acuerdo, el descuelgue pasaría por una comisión paritaria o en último extremo por el laudo del arbitro externo. Del mismo modo, el arbitraje resolverá la falta de acuerdo respecto a la revisión de la flexibilidad interna en las empresas al margen de los convenios, otra de las demandas de la patronal que la reforma atiende de manera favorable.

La música y la letra. Decía Ignacio Fernández Toxo que el acuerdo no fue posible porque a pesar de que “había buena música faltaba la letra”. La música eran los convenios de empresa, la flexibilidad interna, el descuelgue salarial, la limitación de los plazos de negociación y los laudos externos. Incluso en el borrador que contenía las propuestas sindicales se sentaban las bases para una nueva regulación de las mutuas a fin de contribuir a la “competitividad de las empresas”. De hecho, el acuerdo estuvo a punto de cerrarse pocos días antes de las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo. ¿Y finalmente por qué no se llegó al consenso?. Tanto el gobierno del PSOE como los sindicatos apuntan al nuevo mapa político que surgió de las elecciones del 22 de mayo como el detonante que propició un cambio de estrategia en el núcleo duro de la patronal. Es un argumento bastante plausible. No obstante, el avance electoral de CiU y PP era de esperar. Declaraba Valeriano Gómez, al frustrarse la firma del acuerdo, que la CEOE espera tiempos mejores con la entrada del PP en el gobierno para modelar las reformas laborales a su antojo. ¿Pero acaso la patronal española puede quejarse de las reformas del PSOE?. Pocas reformas más podrá realizar el PP cuando el PSOE ya ha arrasado el terreno de los derechos sociales y laborales. Una vez más el PSOE ha hecho el trabajo sucio de la derecha. Quizás cabría hacerse alguna pregunta más para comprender el porqué el decreto presentado por el gobierno no lleva la firma de las partes.

Los indignados
. La prensa los llama “indignados” como si expresar tal estado fuese algo anómalo en los tiempos que corren. Pero cuando el número de desempleados rebasa los cinco millones y la tasa de paro juvenil es del 40% lo más lógico es que los jóvenes se echen a la calle. Lo raro es que tal explosión de indignación no se hubiera producido con anterioridad. Ante la lección de dignidad y valores demostrada por el movimiento 15-M a la izquierda política y sindical sólo nos queda aprender y tomar nota. Hace poco un amigo escribía “que en menos de un mes, unos miles de ciudadanos libres, sin experiencia política, lograron lo que tantos partidos y organizaciones sindicales no habían conseguido en treinta años”. Es cierto. Precisamente por ello cabe preguntarse si la eclosión del movimiento 15-M no habría incidido en la ausencia de un acuerdo en la reforma de la negociación colectiva. Dos días antes de la presentación del decreto el movimiento 15-M convocó una concentración frente al congreso de diputados para protestar contra la reforma. Allí deberíamos de haber estado los sindicatos.

Arturo Fernández. A pesar de las apariencias, Arturo Fernández es el gran vencedor del envite. El actual presidente de la patronal madrileña ha desplazado a Joan Rossell al frente de la CEOE, no a nivel orgánico pero si a efectos prácticos. Él es el referente de la clase empresarial española y no tendrá que esperar a la victoria electoral del PP para convertirse en el hombre fuerte de la CEOE puesto que ya lo es. Ni siquiera el gobierno del PSOE discute su liderazgo al concederle, primero, el protagonismo mediático y segundo, una reforma de la negociación colectiva a la carta. Podríamos decir que el gobierno se ha postrado ante los caballos de Arturo Fernández.

Pedro Luna Antúnez.

lunes, 30 de mayo de 2011

Prólogo para un libro condenado

Adjunto prólogo que escribí para el libro de poesía El sexo: de boca en boca de Mayte Albores.

Mayte Albores: la sensualidad del alma

En Epígrafe para un libro condenado quiso Charles Baudelaire componer su propio anatema a raíz del despecho y de la bajada a los infiernos que se decretó contra su figura y su obra capital Las flores del mal, cántico de la sensualidad pecaminosa y del desgarro humano. Nuestro poeta maldito, sin mácula alguna, aclaraba y prevenía al lector con anhelo de sentencia eterna: Si no curaste tu retórica con Satanás, decano astuto, ¡tíralo!, no me entenderías, o me juzgarías histérico / más si tu vista, sin arrobo, sabe sumirse en los abismos léeme y aprenderás a amarme.

Abrir este breve prólogo al poemario de Mayte Albores con la advertencia que precede no es precisamente un gesto afectado y ni tan siquiera un recurso fácil. Sólo intento transmitir al lector mi aprehensión de la poesía de Mayte Albores, a quien sin duda hemos aprendido a amar aquellos que nos sumimos en los abismos de sus poemas. Porque la poesía de Mayte Albores es transparente pero insondable al mismo tiempo, desnuda e íntima, humana y animal. Requiere de una lectura cómplice y liberada de complejos, sin ideas preconcebidas y con el afán de descifrar cuantos sentimientos y deseos se esconden tras una tupida telaraña de versos libres y atrevidos.

El universo poético de Mayte Albores rezuma sensualidad y lujuria e incluso podríamos calificarlo como erótico. Sin embargo creo que las etiquetas sobran y no prefiguran el imaginario de la poesía alboriana. El sexo: de boca en boca provoca e insinúa. En ocasiones la poesía se torna ambigua y juega al despiste porque en el fondo huye de las apariencias. Es decir, se manifiesta sutil y exige al lector un ejercicio de comprensión mediante el cual llegaremos a desentrañar el verdadero significado de las palabras. De igual manera, El sexo: de boca en boca canta y ensalza el acto sexual. Pero no lo hace desde un prisma simplemente carnal o sexual sino con la finalidad humana de ensanchar el alma de los amantes y por extensión, de quienes habitan en sus versos.

Con Mayte Albores me une una amistad nacida del azar pero precisamente por ello se trate de una amistad sincera y generosa. Le agradezco profundamente que me brindara la oportunidad de prologarle su primer libro de poemas que pasa por una imprenta. Ése fue un gesto suyo que jamás olvidaré. Mientras tanto, zambullirse en su poesía será un placer presente y venidero que recomiendo fervientemente a todos los amantes de la poesía pura y sin ataduras. Porque como clama Mayte Albores en su verso más calderoniano “Me paso la vida soñando y soñando”. Y nosotros con ella.

Pedro Luna Antúnez.

sábado, 16 de abril de 2011

Es la negociación colectiva, estúpidos

Adjunto artículo que he redactado para Rebelión.

Consultando la breve pero esencial obra que ya hace treinta y cinco años publicó Julián Ariza sobre las Comisiones Obreras observamos que el renacer del movimiento obrero durante la oscura noche del franquismo halló en el conflicto laboral su plataforma de acción y oposición al régimen. Es a partir de la ley de convenios colectivos de 1958, inspirada por la necesidad de detener el avance del sindicalismo de clase y clandestino frente a la oficial y espuria Organización Sindical, y de de integrar a la clase obrera en los nuevos procesos productivos del desarrollismo económico de años venideros, cuando de manera muy significativa se va a producir un salto adelante en el desarrollo de las primeras comisiones organizadas de trabajadores, las cuales nacían y morían en cada uno de las plataformas reivindicativas de negociación de los convenios de empresa.

La reconstrucción del movimiento sindical se fue consolidando al fragor de la negociación colectiva, siendo ésta el vehículo de expresión de los trabajadores españoles en su lucha por mejorar las condiciones laborales de nuestra clase. Fueron años muy duros para el ejercicio del sindicalismo, de represión y cárcel contra el movimiento obrero organizado. Los casos del proceso 1001 en 1973 por el cual se condenaba a prisión a toda la dirección de CCOO o ya en 1976 el asesinato de dos obreros por parte de la policía al disolver a tiros una asamblea de trabajadores en Vitoria, ponen de relieve un espíritu de sacrificio que a la postre permitió la conquista de derechos sociales como legado para las generaciones posteriores.

Con la llegada de la democracia y la legalización de los sindicatos de clase se articula un nuevo corpus jurídico para las relaciones laborales. El Estatuto de los Trabajadores aprobado en 1980 y la Ley Orgánica de Libertad Sindical (LOLS) de 1985 sentaron las bases del marco legal para el desarrollo de la negociación colectiva por un lado y de las garantías sindicales por otro. Sin embargo, el camino hacia la normalización no fue fácil ni estuvo exento de contradicciones y desacuerdos. Recordemos que CCOO no avaló el Estatuto de los Trabajadores al considerar que no reconocía a las secciones sindicales y que limitaba las competencias de los comités de empresa. El contexto social y económico del momento así como el miedo de la patronal y del gobierno de la UCD a que se decantase la balanza del lado de los trabajadores propiciaron un redactado estatutario a la baja no sólo en lo referente a la autonomía sindical sino también en cuanto a la ampliación de los modelos de contratación temporal o a la no obligatoriedad por parte del empresario de readmitir al trabajador en caso de despido improcedente.

A pesar de las deficiencias del Estatuto de los Trabajadores convendría señalar que se cimentó una estructura sólida en materia de negociación colectiva. La concurrencia, tramitación y validez de los convenios colectivos quedaron fijadas en legitimidad de las comisiones negociadoras compuestas por empresarios y representantes sindicales. La interlocución social se resolvió a favor de los sindicatos mayoritarios al exigirse un mínimo de representatividad a nivel estatal, autonómico o de empresa con el aval del 10% de delegados sindicales que debía presentar una organización sindical para erigirse en parte negociadora. Con posterioridad, la LOLS selló el anclaje sindical en las nuevas relaciones laborales del periodo democrático.

La breve introducción histórica que precede intenta situar hasta que punto el movimiento sindical de éste país se ha amoldado a un armazón legal que apenas ha cambiado en los últimos treinta años en lo relativo a la eficacia de la negociación colectiva y a la capacidad de interlocución de los sindicatos. Otra historia serían los procesos paulatinos de precariedad y deterioro de las condiciones laborales de la clase trabajadora articulados en las sucesivas reformas laborales. Una vez se ha consolidado un mercado de trabajo con importantes déficits sociales, el objetivo de las élites económicas y políticas se dirige hacia la negociación colectiva con la finalidad de flexibilizar aún más la negociación y de contrarrestar el peso de la representación de los trabajadores y con ello toda capacidad de respuesta social.

Desde que estallara la crisis económica los tambores de guerra del neoliberalismo redoblan de manera ensordecedora cuando se trata de plantear una reforma de la negociación colectiva. No en vano, la negociación colectiva es la espina dorsal sobre la que se sustentan las relaciones laborales y en buena medida es la herramienta sindical más eficaz para mejorar las condiciones laborales de la clase obrera. En este sentido, las propuestas de la patronal como también del gobierno central del PSOE, para la reforma de la negociación colectiva persiguen desvirtuar la estructura negociadora actual adaptándola a las necesidades productivas y económicas de las empresas.

Por ejemplo, se propone un modelo salarial supeditado a los beneficios empresariales de manera que se generalicen las cláusulas de retribución variable según la cuenta de resultados de la empresa. Es decir, el modelo Angela Merkel. Pero el problema no radica tanto en la mejora de la productividad sino en el medio para alcanzarla. Creo que el movimiento sindical ya no es reacio a la hora de abordar en las mesas de negociación conceptos como productividad o competitividad. Es más, desde hace años y especialmente desde CCOO se ha remarcado la necesidad de cambiar el modelo productivo y el patrón de desarrollo de la economía española mediante el impulso de políticas industriales activas, de la innovación tecnológica y de la incorporación a nuestro tejido productivo de actividades de un mayor valor añadido. Por el contrario, patronal y gobierno sólo piensan mejorar la productividad desligando las revisiones salariales de la evolución del IPC, rebajando los salarios y en consecuencia empobreciendo el poder adquisitivo de los trabajadores.

El resto de propuestas de la patronal y del PSOE se dirigen al mismo tuétano de la negociación colectiva. El salario depende de la inflación y de la marcha de la economía, es una realidad fluctuante y no se enmarca tanto en una reforma de la negociación colectiva puesto que los criterios salariales se establecen en los acuerdos interconfederales. Pero cuando se propone la supresión de los convenios sectoriales y provinciales a favor de los convenios de empresa ésa sí es una medida que entra de cuajo en el esqueleto de la negociación colectiva a la vez que se está abocando al desamparo a millones de trabajadores españoles. En España el 98% de las empresas tienen menos de 25 trabajadores. ¿Qué grado de capacidad de negociación van a tener el gran grueso de trabajadores que componen las pequeñas y medianas empresas?. Convenios a la carta, esa es la demanda de la patronal. Para ello no duda en fragmentar en diminutos compartimentos estancos la negociación colectiva con el propósito de extirpar el potencial negociador de los sindicatos. Se trata de una propuesta que rompe por la mitad la filosofía establecida hace treinta años en el Estatuto de los Trabajadores respecto al encaje de los convenios en la negociación colectiva. Aunque no es la única.

Otra medida profundamente regresiva que se quiere introducir en la reforma de la negociación colectiva y que quebraría la estructura de negociación de los últimos treinta años es la supresión de la ultra actividad de los convenios colectivos. Es decir, la patronal exige que no se prorroguen automáticamente los convenios a revisar en caso de no llegar a un acuerdo en la negociación de un nuevo convenio. No es difícil suponer que tal premisa conllevaría la prolongación interesada de los procesos de negociación por parte de la clase empresarial y por lo tanto empezar de cero, cargándose así derechos adquiridos en la negociación colectiva.

La patronal propone una reforma en profundidad de la negociación colectiva orientada a cuestionar la propia interlocución de los sindicatos de clase. Es el viento que sopla desde Wisconsin y es el delirio antisindical de un empresariado español que aún no ha realizado su propia transición democrática. En el contexto actual de negociación cabe esperar que corten de raíz las descabelladas apetencias de la patronal. Si bien es cierto que a tenor de la cruzada antisocial emprendida por el gobierno del PSOE en los últimos tiempos no podemos albergar grandes expectativas sobre la actitud que tomarán Zapatero y compañía. En cierto modo, la pelota está en el tejado de los sindicatos. Por ello, sería deseable que se dejaran atrás tacticismos políticos y se enfocará el proceso desde la más absoluta autonomía sindical. No podemos ser ajenos a un sentir cada vez más generalizado entre la población trabajadora española cuando se sitúan a los sindicatos como el salvavidas del gobierno central, un sentimiento que se intensificó en el reciente acuerdo de reforma de las pensiones.

Los sindicatos han de pasar a la ofensiva y si hay que reformar la negociación colectiva hagámoslo para extenderla a ese 20% de los trabajadores que carecen de convenio alguno que regule sus condiciones laborales. Los problemas de estructura y de vertebración de los convenios existen pero son atribuibles en la mayoría de los casos a la patronal por su falta de homogeneidad en la interlocución. Suplir deficiencias propias para acometer una ofensiva en toda regla contra los derechos laborales de la clase obrera y de paso aniquilar la negociación colectiva es un envite que no podemos perder. Nos jugamos demasiado. La negociación colectiva no deja de ser la razón de ser de las organizaciones sindicales y es fundamental preservarla si queremos mantener los derechos y las conquistas sociales que tanto trabajo costaron conseguir. No podemos dejar arrebatarnos nuestro escudo protector, el caparazón de millones de trabajadores y trabajadoras. Es la negociación colectiva, estúpidos.

Pedro Luna Antúnez.

viernes, 25 de febrero de 2011

¿Cómo explicar la reforma de las pensiones?


Adjunto artículo que he redactado para el número de febrero-marzo de Nou Treball.

El pasado 4 de febrero Ignacio Fernández Toxo intervenía en el Consejo de la Federación de Industria de CCOO, el día siguiente de la firma del Acuerdo Social y Económico para el crecimiento, el empleo y la garantía de las pensiones. La intervención de Toxo se producía precisamente un día después de que se cerrara el acuerdo de tan pomposo título, presentándose por primera vez en un órgano de dirección del sindicato. Por lo tanto, había una gran expectación entre los presentes puesto que se trataba de una primera oportunidad para conocer de primera mano los argumentos que habían llevado al sindicato a consensuar con el gobierno central y la patronal el citado acuerdo. En el Consejo Federal de Industria, Toxo partió de una realidad objetiva que es de agradecer. Reconoció que el acuerdo era realmente duro, que de esta crisis la clase trabajadora “iba a salir con menos derechos” y que “entendía la posición de Izquierda Unida”. Es decir, Toxo fue profundamente realista y no articuló el discurso triunfalista que en ciertos ámbitos de la organización se está dando. Porque efectivamente, el acuerdo es duro, difícil de asimilar sindicalmente en según que contenidos y el sindicato no lo tendrá nada fácil a la hora de defenderlo en los centros de trabajo.

No obstante, lejos de entrar en un carrusel de valoraciones sobre el acuerdo, me preocupa la explicación que el sindicato está realizando del mismo. El ejercicio de exégesis es necesario si queremos preservar el nexo de unión entre las estructuras del sindicato y la base afiliativa. No olvidemos que CCOO no sólo es el primer sindicato de clase en número de afiliados sino que se trata de la organización social que cuenta con la mayor masa crítica y concienciada del conjunto de la clase trabajadora. Para entendernos, la afiliación de CCOO no es la de UGT, más proclive a la resignación y al seguidismo institucional. La afiliación de CCOO necesita saber y debatir, comprender y analizar las decisiones que adopta el sindicato. Por ejemplo, necesita conocer el motivo por el cual el sindicato ha acordado, aún siendo mediante una fórmula flexible y según los años de cotización, retrasar la edad de jubilación hasta los 67 años cuando lo contrario había sido el leitmotiv que había movido a la organización en los últimos meses.

Decía Charles Dickens que “el hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Es decir, la pregunta que revolotea en la mente de miles de afiliados y afiliadas de CCOO es si su sindicato ha hecho lo mejor posible o si en cambio podría haber ido más lejos. Si resulta que teniendo en cuenta el contexto de recortes sociales permanentes, el enconamiento de un gobierno rendido a los poderes económicos y el estrecho margen de maniobra y negociación ante la amenaza de un decretazo aún más lesivo, el sindicato estimó oportuno concretar la salida menos traumática posible para la clase trabajadora, pues que se diga abiertamente. Lo que no podemos ni debemos hacer es caer en argumentaciones que hasta hace pocos meses rechazábamos como sindicato.

¿Acaso era necesaria una reforma del sistema público de pensiones?. ¿Estaba en peligro la viabilidad y el futuro del sistema?. En un informe previo al acuerdo, Carlos Bravo, el secretario confederal de seguridad social de CCOO, aseguraba que la fortaleza del sistema público de pensiones era evidente al disponer el Fondo de Reserva de la Seguridad Social de 64.001 millones de euros, el equivalente al 6% del Producto Interior Bruto, y cuando además el sistema de Seguridad Social venía manteniendo superávits ejercicio tras ejercicio; en 2008, 14.000 millones de euros; en 2009, 8.500 millones y en 2010, 2.700 millones. En consecuencia, sería bueno encarar de manera más pedagógica y franca la argumentación de un acuerdo que requiere de un esfuerzo explicativo importante por parte del sindicato así como de un esfuerzo de comprensión por parte de la afiliación.

Pedro Luna Antúnez.