Porque escribir es viento fugitivo y publicar, columna arrinconada. Blas de Otero

lunes, 23 de abril de 2012

Los comediantes



Hay una escena de “El séptimo sello” (Ingmar Bergman, 1957) que me fascina. Una compañía  de juglares realiza una función en un poblado cuando dos de ellos empiezan a interpretar una canción en la que parodian algunos de los sonidos más característicos de animales domésticos. Por ejemplo imitan el cacareo de una gallina, el relincho de un caballo y el maullido de un gato. Mientras el dúo de comediantes entretiene al público, en la parte trasera del escenario se desarrolla otra escena, en este caso de flirteo entre un vanidoso juglar y una alegre lugareña. El jolgorio y la diversión se pararán de golpe con la entrada en el pueblo de una procesión de flagelantes entonando el Dies Irae. La palidez en el rostro de los comediantes al ver la procesión anticipa una de las escenas más escalofriantes de la historia del cine. “El séptimo sello” es una de las grandes obras maestras del celuloide. Una obra absoluta en la que vemos desfilar a comediantes, penitentes, cruzados y a la misma muerte. Pero yo me quedo con los comediantes.

Este mediodía he dado un rulo por los puestos de libros del día de Sant Jordi. Barcelona era una fiesta como de costumbre y a pesar de estar el cielo algo revuelto las calles estaban repletas de lectores ansiosos por conseguir la firma de su autor de cabecera. Como ejemplo diré que bajando por paseo de Gracia a la altura de la calle Valencia me encontré con tal aglomeración de gente que apenas pude dar unos pasos. Algunos transeúntes se preguntaban el motivo por el cual era imposible avanzar. No era normal aún siendo Sant Jordi. Armado de paciencia logré hacerme un hueco y sortear los obstáculos. Al cabo de unos metros averigüé el porqué había estado detenido durante unos minutos sin poder caminar: la famosa actriz Ana Obregón estaba firmando libros en una de las paradas. En serio. Puede tratarse de una comedia pero no es ninguna broma.

En la librería de viejo de la calle Canuda me he pillado la única obra que se conserva de Lucano. Se dice que en Farsalia Lucano se burlaba del emperador Nerón y que exhibía sus ideales republicanos. De Nerón se ha escrito mucho y no muy bueno. Es el emperador comediante y ególatra. Aquel que escribía poemas infames y canturreaba arpa en mano. Es el emperador que provocó el incendio de Roma para satisfacer un capricho personal. La historia tiene sus propias comedias. Como comediantes son quienes la escriben. Porque nadie diría que años después de la muerte de Nerón, el pueblo romano seguía venerando la memoria de aquel loco emperador arrojando flores sobre su tumba.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 15 de abril de 2012

La fábula del elefante

La imagen del actual jefe del Estado posando en Botsuana con el dueño de una empresa de Safaris delante de un elefante hincado de rodillas con la trompa y los cuernos empotrados contra un árbol ha levantado ampollas este fin de semana en los mentideros mediáticos y políticos de nuestro singular país. Solo a los más ilusos les puede sorprender la indiferencia del Rey a la grave situación de desempleo y precariedad laboral que padecen millones de españoles hoy en día. Solo a los más incautos les puede extrañar que el Rey despilfarre dinero del erario público para irse a cazar elefantes a la sabana africana la misma semana que el gobierno había anunciado un duro ajuste de 10.000 millones de euros en servicios tan esenciales como la sanidad y la educación.

“Ha perdido la conexión con la realidad” han escrito algunos analistas de la prensa diaria sobre el asunto. ¿Pero acaso alguna vez tuvo conexión alguna con la realidad?. El Rey y la familia real están actuando como siempre lo han hecho. Es admisible que ahora sean algo más torpes que hace unos años pero ni la insensibilidad social ni el desapego hacia el sufrimiento ajeno son carencias nuevas en el comportamiento regio. Otra cosa es que algunos hayan vivido con una venda en los ojos durante décadas o que el conjunto de la población española no se haya enterado de los frecuentes desmanes reales de la misma manera que no nos habríamos enterado del reciente percance de no haberse lesionado el atolondrado cazador. Como otras tantas veces.

Todo aquel que haya leído “Tintín en el Congo”, el polémico y eurocentrista álbum publicado por Hergé en 1946, sabe que hasta un mono puede abatir de un disparo a un elefante desprotegido. Es muy fácil disparar a bocajarro contra los más débiles. Ya sea el Rey cazando elefantes en Botsuana o el gobierno recortando derechos sociales. Saben o quizás suponen que seres tan indefensos no podrán hacerles frente ni responder a los ataques. Ni los elefantes ni nosotros. Es posible que conozcan “la fábula del elefante” y pretendan aplicarla a las personas. En nuestra mano está que no lo tengan tan fácil.

La fábula dice así:

El elefante del circo estaba sujeto únicamente por una cadena que aprisionaba sus enormes patas a una pequeña estaca de madera clavada en el suelo. A pesar de la gran envergadura y fuerza del elefante, el animal se mantenía inmóvil y sin la voluntad visible de querer librarse de la cadena que le tenía prisionero. Cierto día, un hijo preguntó a su padre la razón por la cual el elefante no quería huir, a lo que el padre le respondió que el elefante estaba amaestrado. ¿Y si está amaestrado por qué lo encadenan?, volvió a preguntar el hijo. El padre respondió: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca muy parecida desde que era muy muy pequeño y siendo tan pequeño intentó sin éxito soltarse de la estaca empujando y haciendo fuerza.... hasta que un día el animal aceptó su derrota y se resignó a su destino.

Moraleja: el elefante había interiorizado su derrota.

Pedro Luna Antúnez.

jueves, 22 de marzo de 2012

Reformas laborales desde el hotel Ritz

Artículo publicado en Rebelión.

Como si se tratara de cuadrar el círculo, un día después de anunciar el gobierno la reforma laboral, Durán i Lleida declaraba ante la prensa que era preciso regular el derecho de huelga y manifestación para que éste no atentara contra el interés general. El diputado de CiU realizó tales manifestaciones a raíz de la convocatoria de huelga en el transporte público de Barcelona para los últimos días de febrero coincidiendo con la celebración del World Mobile Congress. “Esta huelga va en contra del interés de Barcelona y de Cataluña” afirmó Durán i Lleida utilizando sin el menor reparo el nombre de Cataluña como arma de chantaje político y emocional. El caso es que al día siguiente de presentar el PP la reforma laboral más agresiva y salvaje del periodo democrático, CiU remataba la ofensiva proponiendo limitar derechos constitucionales en previsión de un aumento de la conflictividad social en las calles.

La derecha española y la catalana componen una gran alianza en su objetivo común por desmantelar el Estado social y los servicios públicos, por un lado, y anular los derechos laborales de los trabajadores, por otro. En Cataluña no existe esa “derecha civilizada” que algunos teorizaron en su momento incluso desde las tribunas del progresismo de salón. Ya con el PSOE en el gobierno y actualmente con el PP, CiU se ha erigido en el portavoz de las propuestas más delirantes de la patronal no solo avalando cuantas reformas laborales se han sucedido sino afanándose por endurecer los decretos en sus respectivos trámites parlamentarios. Obviamente, CiU ha saludado favorablemente la última reforma laboral del PP, la cual está haciendo mella de manera muy profunda en el cada vez más deteriorado tejido laboral catalán. De hecho, fue la compañía del Liceo una de las primeras empresas en acogerse a la reforma laboral presentando un ERE exprés que afecta al 90% de la plantilla del conocido teatro barcelonés. Después del Liceo llegó el resto. Tan solo en las dos primeras semanas de aplicación de la reforma laboral se presentaron en Cataluña más de 300 expedientes de regulación de empleo afectando a un total de 6.900 trabajadores y triplicándose la cantidad respecto a los últimos meses.

Es posible que a Durán i Lleida le satisfaga que ahora los empresarios catalanes puedan despedir más barato y puedan rebajar los salarios pactados en convenios. No en vano, siempre podrá echar mano del sempiterno debate del déficit fiscal para justificar los recortes en la sanidad o para explicar el porqué uno de cada cinco catalanes viven bajo el umbral de la pobreza. Hace unas semanas, el consejero de economía de la Generalitat, Andreu Mas-Colell, antiguo dirigente universitario del integrador y glorioso PSUC de la década de los 70, cifraba el déficit fiscal del Estado hacia Cataluña en 16.000 millones de euros anuales. Según Mas-Colell, el expolio fiscal contra Cataluña servía para crear ocupación en otras comunidades a la vez que hacía inevitable la política de recortes sociales en los servicios públicos catalanes.

Una vez más se enarbola la bandera del agravio nacional para tapar las miserias propias haciéndonos creer que los recortes en Cataluña no obedecen a criterios ideológicos sino que se deben a que otros territorios “viven a costa nuestra”. Supone CiU que abrazar un modelo de nacionalismo similar al que defiende Umberto Bossi en el norte de Italia y fomentar el enfrentamiento entre comunidades es rentable y hace que los catalanes disculpemos a los verdaderos responsables en Cataluña del aumento de la pobreza y del copago en la sanidad pública. Lo que no dice CiU es que los 16.000 millones que Mas-Colell cifraba como déficit fiscal corresponden exactamente al fraude fiscal de las rentas del capital en Cataluña y que éste sextuplica el valor de los recortes en sanidad y representa casi una cuarta parte del fraude fiscal en España. Es más fácil culpabilizar al vecino.

Hace unos meses el clasista Durán i Lleida puso el grito en el cielo contra el subsidio agrario del campo andaluz. Según Durán i Lleida, que un jornalero andaluz en el desempleo cobre una prestación de 420 euros durante seis meses provoca que el gobierno de CiU se vea en la necesidad de cerrar hospitales en Cataluña. Ese es el mensaje de la derecha neocón en Cataluña. Pero es también el mensaje de la derecha en Madrid y en el resto de España. Las derechas van de la mano cuando se trata de defender sus privilegios e intereses. Tiempo habrá para montar batallas identitarias artificiales que disimulen el idilio real que viven PP y CiU. Un idilio que se puso de manifiesto un día antes de la aprobación en el congreso de la reforma laboral cuando el PP indultó a Josep María Servitje, un antiguo alto cargo de la Generalitat con Jordi Pujol sentenciado a cuatro años y medio de cárcel por malversación de dinero público. Por cierto, Durán i Lleida nada más conocer el indulto felicitó al gobierno del PP por el favor prestado. Al día siguiente en el congreso votó a favor del decreto de reforma laboral. De esa misma reforma que se fraguó entre el palacio de la Moncloa y el hotel Ritz de Madrid, hospedaje habitual de Durán i Lleida en la capital.

Pedro Luna Antúnez.

sábado, 3 de marzo de 2012

Memoria histórica


Artículo publicado en Tercera Información.

Ayer en una conocida red social se emplazaba a los internautas a redactar en 140 caracteres las crueldades que se cometieron durante la dictadura franquista. Imposible condensar en tan poco espacio cuarenta años de muerte y represión pensé yo para mis adentros. Sin embargo me vinieron a la mente dos episodios de nuestra historia más macabra. El primero lo describe mi antiguo profesor de historia Bernat Muniesa en su libro Dictadura y monarquía en España. En los días finales de la guerra civil un batallón de milicianos republicanos había logrado escapar del avance del ejército franquista fugándose por el túnel ferroviario de Canfranc, situado en el pirenaico valle del Aragón y que servía de paso fronterizo entre España y Francia. Cuando el mando militar pasó el informe de lo sucedido a su caudillo, éste en un ataque de soberbia e histerismo ordenó tapiar el túnel y que permaneciera así el resto de los días.

El segundo episodio histórico que recordé lo conozco gracias a la memoria familiar. En el pueblo de mis padres y abuelos, Fernán-Núñez, localidad cordobesa situada en el corazón de la campiña, la represión de los vencedores fue especialmente dura y sanguinaria. Hace unos años un historiador local publicó La campiña roja: la represión franquista en Fernán-Núñez, un libro que relataba con detalle la brutalidad con la que se ensañaron las autoridades del nuevo régimen tras ocupar el ejército franquista el pueblo en los últimos días de 1936. Hojeando el libro vemos que el autor quiso abrirlo con una dedicatoria muy especial: “A los fernannuñenses que aún recuerdan a pesar de las políticas del olvido y de las injusticias históricas”. Es cierto, libros como éste u otros tantos no hubiesen sido posibles sin la inestimable memoria colectiva y en algunos casos de la de nuestros familiares más cercanos. Gracias a ellos conozco los nombres e incluso los apodos (“Diente de oro”, “Frasquini” o “El rubio del cine”) de los fascistas que participaron en los fusilamientos en Fernan-Núñez y como luego, y ese es el segundo de los episodios que ayer me vinieron a la mente, estos mismos verdugos parodiaban entre risas y burlas en el bar los gestos de los republicanos al caer muertos.

Las crueldades de la dictadura franquista dan por desgracia para escribir una pila inacabable de libros y artículos, y ni mucho menos podemos limitar el relato de los hechos a 140 caracteres. Por mucho que algunos estén hoy en día empeñados en olvidar o en equiparar a los verdugos con las víctimas, la memoria histórica no conseguirán borrarla de un plumazo porque es algo que transciende más allá de los discursos institucionales o del revisionismo histórico. La memoria histórica está en nuestros padres y abuelos y está muy viva. Tan viva que no la podemos limitar a 140 caracteres.

Pedro Luna Antúnez.

viernes, 2 de marzo de 2012

Los poetas

Aquel caluroso día del mes Shawwal del año 414, hace casi 1.000 años según la era cristiana, paseaban juntos Ibn Hazm y su inseparable amigo Ibn Suhayd por el barrio de Munyat al-Mugira de Córdoba. Los dos jóvenes poetas debatían sobre las esencias del amor y lo hacían con tanta pasión que apenas saludaban a quienes se cruzaban por su camino. Cuando llegaron a la finca de Abu Marwan al-Zayyali decidieron sentarse y descansar un poco en el luminoso jardín que el antiguo propietario había legado a la ciudad. “Me acuerdo de Abu Marwan, era un buen amigo” dijó Ibn Suhayd en un tono nostálgico y con la mirada perdida en el arroyuelo que atravesaba el patio produciendo una apacible armonía. “Es muy honorable tu sentido de la amistad porque sólo lo auténtico perdura en el tiempo” afirmó Ibn Hazm, “pasarán los siglos y de nuestro tiempo apenas quedarán algunos versos pero el agua de ese arroyo seguirá su curso, inmutable a los azares y a las miserias humanas. Afortunadamente, todo fluye amigo Suhayd”.

Tendrá que haber un camino.

Pedro Luna Antúnez.

lunes, 30 de enero de 2012

A la enésima va la vencida

Dominique Sanda en Novecento, la mujer del patrón.

Artículo publicado en Tercera Información.

Hace tres años, en enero de 2009, Ignacio Fernández Toxo declaraba no sin razón que “no era el momento de plantear una reforma laboral porque el origen de la crisis económica no estaba en el mercado de trabajo”. La reflexión era muy certera. La crisis que se destapó en 2008 tras la quiebra de Lehman Brothers a raíz del colapso financiero de los créditos subprime puso de manifiesto la avaricia de los mercados que tras años de macro beneficios habían generado una economía esencialmente especulativa basada en los créditos hipotecarios de alto riesgo. El estallido de la burbuja inmobiliaria cortó de raíz la fiebre por la compraventa de vivienda a la vez que provocó un descenso notable del consumo y el aumento del desempleo.

A pesar del origen privado de la crisis financiera, el gobierno del PSOE no vaciló a la hora de inyectar dinero público a fin de sanear las arcas de la Banca. Ya en octubre de 2008 se prestó a las entidades bancarias 30.000 millones a un interés mínimo del 1%. Se trataba de un regalo del Estado a quienes habían provocado una crisis que estaba dejando en el paro a millones de españoles. Pues bien, en los dos últimos años las tornas han cambiado y hemos pasado de la deuda privada de la Banca a la deuda pública de los Estados. Sin embargo, la actitud de la Banca no ha sido recíproca con el gobierno cuando se ha tratado de comprar deuda pública. Si el Estado concedió ayudas a la Banca con un interés del 1%, la Banca compró deuda pública con un interés por encima del 3%. He aquí el nudo gordiano de la crisis actual. No en vano, cerca del 60% del endeudamiento público se debe a las ayudas que el Estado destinó a la Banca.

En consecuencia, y volviendo a la tesis inicial del artículo, el secretario general de CCOO tenía razón al situar el origen de la crisis al margen del mercado de trabajo. No obstante, es evidente que los poderes económicos han aprovechado una crisis que ellos mismos han generado para recortar derechos sociales y cargarse el cada vez más endeble Estado social. Una de las exigencias de los mercados ha sido la de flexibilizar aún más las relaciones laborales. Pero como decía Toxo en 2009 es absurdo pensar en reformas laborales como antídoto a la crisis cuando las causas de la misma proceden del ámbito financiero y especulativo. La píldora no es nueva. En España las crisis económicas han anticipado profundas reformas del mercado de trabajo siendo en la mayoría de los casos peor el remedio que la enfermedad.

No queríamos reformas laborales por considerarlas innecesarias pero resulta que desde 2009 los sindicatos han firmado una reforma del sistema público de pensiones y recientemente una nueva reforma de la negociación colectiva amen de negociar otras tantas que a falta de acuerdo acabaron finalmente en decreto del gobierno. Ésta última es la enésima reforma y una vuelta de tuerca más en las innumerables reformas que en el transcurso de las últimas tres décadas apenas han servido para precarizar y desvirtuar los derechos sociales de la clase trabajadora. Algunas de ellas se negociaron con el más encomiable de los propósitos. Por ejemplo, para crear empleo o con el objetivo de reducir la elevada temporalidad. Pero lo cierto es que la mayoría de reformas fracasaron en su intento de corregir las profundas taras del mercado de trabajo español. Más precariedad. Eso es lo que nos aportaron las sucesivas reformas laborales.

El reciente acuerdo firmado por los sindicatos y la patronal no es estrictamente una reforma del mercado de trabajo pero sin duda marcará a sangre y fuego el futuro de las relaciones laborales en nuestro país. Y las marcará para mal. Para muy mal. Mi condición como sindicalista de CCOO no me impide reconocer que se trata de un mal acuerdo que introduce elementos de una regresividad notable. El II Acuerdo para el empleo y la negociación colectiva ni creará empleo ni mejorará la negociación colectiva. Una vez más hemos tropezado con la misma piedra.

En primer lugar, la enésima reforma establece unos criterios salariales entre los años 2012 y 2014 que podríamos calificar como denigrantes. Las partes firmantes han hablado de un acuerdo moderación salarial cuando en realidad hubiese sido más apropiado hablar de pérdida salarial. Así es cuando resulta que se prevén unos incrementos salariales del 0,5% para 2012 y del 0,6% para 2013, activándose la clausula de revisión solo cuando el IPC supere el 2%. En 2014 el incremento salarial partirá de un 0,6% pudiendo variar según la evolución del PIB. Si el PIB es superior al 1% e inferior al 2% los salarios aumentarán hasta el 1% y si el PIB alcanza o supera el 2% los salarios llegarán al tope del 1,5%. Es decir, en 2012 y 2013 los trabajadores podrían perder un 1,5% y un 1,6% respectivamente de poder adquisitivo y en 2014 desaparece la referencia del IPC utilizándose el ritmo de actividad de la economía española como vara de medir. Para rizar el rizo, el acuerdo establece que si el precio del barril de Brent supera el 10% ésta subida no se tome como referencia en el IPC y por lo tanto en una posible revisión salarial. O lo que es lo mismo, si EEUU atacara a Iran y el precio del petróleo se disparara los trabajadores españoles perderían más poder adquisitivo. Esperpento es la palabra. Con permiso del gran Valle-Inclán.

En segundo lugar, el acuerdo fija una serie de pautas en materia de flexibilidad interna y negociación colectiva que permitirán a las empresas la desregulación laboral en ámbitos claves de la propia negociación colectiva. Es verdad que el acuerdo señala que es necesario seguir preservando la estructura de los convenios provinciales y sectoriales. Pero no es menos cierto que tal declaración se queda en papel mojado al propiciar el descuelgue y la inaplicación de los convenios y facilitar la negociación en la empresa de aspectos fundamentales como la jornada laboral, las funciones profesionales o el mismo salario. Por ejemplo, el acuerdo eleva la distribución irregular de la jornada pasando del 5% al 10% y amplía la movilidad funcional fijando como único límite el grupo profesional. Eso quiere decir que un administrativo podría ejercer de mecánico.

En definitiva, se apuesta por el convenio provincial pero al mismo tiempo se fomenta su descentralización favoreciendo la negociación en los centros de trabajo cuando el 90% de las empresas españolas son pequeñas y medianas. Sabemos muy bien que la negociación colectiva en las pymes parte de un desequilibrio a favor de las direcciones empresariales al carecer los sindicatos de estructuras sindicales sólidas y fuertes para hacer frente a los envites de la patronal. El resultado es obvio. Millones de trabajadores quedarán desamparados.

Vivimos tiempos difíciles. Una estafa llamada crisis está destrozando la vida de millones de personas y no parece que la sangría vaya a detenerse en el futuro. Ante la supresión del Estado del bienestar se espera que los sindicatos no solo peleen por preservar sus propias organizaciones sino que actúen como diques de contención frente al tsunami neoliberal que está arrasando y aniquilando sin el mayor escrúpulo las conquistas sociales que con tanto sufrimiento y sacrificio lograron nuestros mayores. Sería una lástima que la credibilidad de los sindicatos se fuera al traste. Al fin y al cabo todos saldríamos perdiendo.

Pedro Luna Antúnez.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

No me da la gana


Artículo publicado en Tercera Información.

Leopoldo de Gregorio, más conocido como el Marqués de Esquilache, llegó a España en 1759 con el propósito de modernizar la villa y corte de Madrid. Carlos III le había encargado el empeño de situar a Madrid a la altura de las grandes capitales europeas. Ciudades como París, Roma o Viena poseían grandes avenidas, estaban bien iluminadas y en las últimas décadas se habían adaptado a los parámetros urbanísticos del siglo de las luces. Por aquel entonces Madrid era una ciudad de callejuelas oscuras e inseguras que carecían de empedrado y de farolas. Madrid se había quedado anclado en la austeridad de las formas y en una estética más propia del siglo XVI que del siglo ilustrado. Las primeras medidas de Esquilache consistieron en ampliar la red de alcantarillado, empedrar las calles e instalar cerca de 4000 farolas en toda la capital. Sin embargo, las acciones no solo se limitaron a la mejora de las infraestructuras de Madrid sino que afectaron de pleno a las costumbres y a la vida cotidiana de los madrileños. Por ejemplo, se prohibió jugar a las cartas en las tabernas y portar armas de fuego.

Pero fue por el decreto del 11 de marzo de 1766 por el que Esquilache pasó a la historia y a nuestra memoria colectiva. Ese día se colgaron de las paredes de Madrid bandos que prohibían el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha. Los bandos fueron arrancados al instante por un pueblo indignado contra el ministro italiano de Carlos III. Pocos días después dos madrileños protagonizaron nuestra historia al pasearse desafiantes frente al cuartel de la plazuela de Antón Martín. Ambos vestían capa larga y lucían sendos chambergos. Uno de los alguaciles del cuartel se dirigió a uno de ellos para que obedeciera la ley: “paisano, ¿por qué no observa usted lo mandado y no amputa ese sombrero?”. La respuesta al unísono de los dos madrileños fue: “no nos da la gana”. A partir de ese momento se generalizó el motín del pueblo contra Esquilache y las crónicas nos cuentan que miles de madrileños se echaron a la calle y que la guardia valona del Rey causó numerosas muertes entre los amotinados hasta que Carlos III accedió a las peticiones de los sublevados.

El desacato a la autoridad es uno de los rasgos del pueblo español. La rebelión de los comuneros, el levantamiento del 2 de mayo o el bandolerismo andaluz pusieron en jaque a las estructuras políticas del momento y a imperios hasta la fecha invencibles como el napoleónico. No se trata de idealizar ciertos capítulos históricos por el simple hecho de contener una impronta popular. No en vano se puede hallar un componente reaccionario en rebeliones como la del motín de Esquilache e incluso en la del 2 de mayo. La historia oficial nos describe como el motín de 1766 fue atizado por la Iglesia y por la vieja aristocracia que vieron peligrar sus privilegios con la llegada de ministros italianos a la corte de Carlos III. Es posible que fuera así del mismo modo que no podemos ignorar el carácter social de cualquier levantamiento popular al margen de los intereses que hagan encender la mecha. En el motín de Esquilache el pueblo de Madrid no solo se lanzó a la calle para poder jugar a las cartas en las tabernas o para vestir sus oscuras capas largas con orgullo castizo. Se echaron a la calle por hambre y porque vivían en la miseria. El incremento de los precios de alimentos básicos como el pan o el aceite de oliva y la elevada presión fiscal habían abierto una profunda brecha de desigualdad social en un país pobre de solemnidad. Por encima del acervo cultural y de la psique nacional los pueblos se mueven por necesidad.

Decía Marx que el “ser social determina la conciencia”. O lo que es lo mismo: las revoluciones no las hacen la gente feliz con la despensa llena. Pues bien, en los tiempos actuales cada vez son más los que carecen de una despensa llena y en algunos casos de un hogar en el que vivir. La ofensiva contra los derechos de los trabajadores y el proceso de desmontaje del Estado del bienestar mediante una oleada permanente de recortes sociales han sentado las bases de cómo serán las relaciones sociales y laborales del futuro. O de cómo los gobiernos y las élites económicas han diseñado que sean. Porque si bien ellos operan y aprueban leyes o reformas constitucionales desde una supuesta legalidad no es menos cierto que la falta de legitimidad provoca que millones de ciudadanos no se sientan representados ni identificados con una democracia que cojea y se tambalea por seguir ciegamente el paso impecable de los mercados financieros. Legalidad y legitimidad no acostumbran a ir de la mano. Esa es una importante tara del sistema actual que allana el camino hacia la desobediencia civil.

No nos han dejado otra alternativa. Es preciso volver a pasearnos por delante de los cuarteles y entonar un “no nos da la gana” colectivo. Ya no valen los consensos constitucionales del pasado ni son posibles los grandes acuerdos globales en materia laboral y social porque, entre otras cosas, ya no son necesarios para justificar el barrido de nuestros derechos. Se podría decir que el sistema se ha desprendido de la careta democrática. Bajo el eufemismo de los “gobiernos técnicos” se han saltado las formas que con tanto celo y esmero guardaron durante años. Frente a la imposición de unos pocos solo nos queda recuperar y alentar el espíritu de desobediencia de los muchos ciudadanos que no están dispuestos a someterse, de los que tienen vacía la despensa y de los que la tienen llena. Porque a mí tampoco me da la gana. No es una cuestión romántica sino de supervivencia.

Pedro Luna Antúnez.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Manuel Azaña


Azaña vuelve al Congreso titulaba ayer el diario de Prisa. La vuelta consistía en un busto instalado en la sala de Isabel II del Congreso de diputados. Es una ironía histórica que uno de los dirigentes políticos más lúcidos y cultivados que ha tenido España, republicano para más señas, comparta sala con una de las reinas más simplonas y frívolas que ha dado la nefasta dinastía de los Borbones. Es más, el busto de Manuel Azaña se ha colocado en la sala dedicada a Isabel II frente a una descomunal escultura de aquella reina a la que Pío IX calificó como “Puttana, ma pia”.

Dice Bono que se imagina las conversaciones entre ambos y el resto de retratos de políticos que cuelgan de la excelsa sala. Porque entre otros retratos figuran el de Canovas del Castillo y el de Sagasta así como el de Alcalá Zamora y el de Adolfo Suárez. Es decir, por un lado la España del caciquismo bipartidista de la Restauración, por otro el que fuera presidente de la 2º República hasta abril de 1936 y con quien Azaña no se llevó precisamente bien y por último uno de los próceres de esa transición democrática que pudo ser y se quedó en un mero traspaso de poderes, expresión por cierto muy actual.

Pobre Don Manuel Azaña. Su legado en un busto que como metáfora de la historia asistirá impávido a la mediocridad de la clase política española y a la decadencia de un sistema cada vez más deshumanizado y postrado a los designios de los Mercados. Los mismos Mercados que financiaron el golpe de Estado militar de julio de 1936. Los Juan March de ayer son los Emilio Botín de hoy.

Manuel Azaña nos queda en sus textos. A través de ellos llegaremos “al problema de España” que de manera tan aguda examinó el mismo Azaña. En esa biblioteca virtual de consulta que es La Insignia hallamos algunos escritos suyos para leer y repasar una y otra vez. Los podemos encontrar en el especial España, 1936-1939, un compendio esencial para entender uno de los periodos fundamentales de la historia de nuestro país.

Pedro Luna Antúnez.

martes, 11 de octubre de 2011

Poetas del 15 de mayo

Reseña de "Poetas del 15 de mayo" para #bookcamping

Antología recopilada desde el blog Poetas del 15 de mayo de un centenar de poetas comprometidos con el "Movimiento 15-M" desde el activismo social y literario. Tomando la poesía como una herramienta de transformación, los versos de autores como Jesús Gómez Gutiérrez, Miguel Ángel Yusta, Julia Carú, Fernando Sabido Sánchez o Ada Luz Márquez obran de caleidoscopio para visualizar los primeros días de la indignación ciudadana a través de la experiencia de quienes participaron activamente en el surgimiento de un movimiento que de manera espontánea y en pocos meses ha removido las estructuras y las conciencias de nuestro país como ningún otro movimiento social lo había logrado. La editorial Séneca se ofreció a plasmar en papel el presente compendio con la finalidad de llevar la poesía indignada a los lectores sin acceso a internet. El resultado final es una edición a la que hemos reservado un lugar preferente en nuestra biblioteca personal. No en vano, es un trozo de nuestra historia reciente y un enorme ejercicio de solidaridad.

Pedro Luna Antúnez.

domingo, 14 de agosto de 2011

Gente corriente

Cuenta Johnny Rogan en su imprescindible biografía sobre The Smiths como en la Irlanda de los años cincuenta la pobreza seguía siendo una amenaza perenne para buena parte de la población. Eran los años del estado del bienestar y de la recuperación económica en Europa Occidental. Sin embargo, Irlanda vivía aún anclada en el pasado. El partido socialdemócrata “Clann na Poblachta” propuso a principios de la década un programa social basado en el modelo británico. Pero entre el eterno partido gobernante, el “Fianna Fail”, y la todopoderosa iglesia católica, echaron por tierra cualquier ilusión de progreso social y de modernización del país que alterara la vieja utopía del líder nacionalista De Valera de una Irlanda rural y gaélica. Ello propició que entre 1951 y 1956 más de 200.000 irlandeses tuvieran que hacer las maletas y emigrar hacia las prósperas ciudades inglesas, fundamentalmente a ciudades como Londres, Manchester, Liverpool y Birmingham.

Un buen grueso de la emigración irlandesa recaló en Manchester. La emigración es el desarraigo y la ruptura con las raíces. La emigración es dolor. El mismo pesar que sintieron aquellos irlandeses que llegaron a Manchester en la década de los cincuenta y que fueron recibidos con la misma frialdad con la que se recibe a un extraño del que desconfías. Frialdad que en ocasiones se tornaba en un cruel rechazo. Ese desprecio quedaría ilustrado en algunos anuncios de alojamiento y trabajo de la época en los que se podían leer avisos como “Abstenerse irlandeses” o “No se admiten irlandeses, personas de color o perros”.

Los miembros de The Smiths tienen en común el hecho de ser hijos de emigrantes irlandeses y de haberse criado en los barrios obreros de Manchester. Todos ellos nacieron entre finales de los cincuenta y la primera mitad de los sesenta. Es decir, alcanzaron la adolescencia en la década de los setenta. El Manchester de los años setenta era una ciudad dura en la que no era sencillo sobrevivir. Fue una de las ciudades inglesas más castigadas por la recesión económica y los conflictos laborales se dejaron sentir, especialmente tras la llegada al poder en 1979 de la conservadora Margaret Thatcher. El cierre de fábricas y minas en el norte de Inglaterra así como la falta de expectativas para los hijos de la clase trabajadora definían el paisaje urbano de aquellos años. Sin futuro y sin empleo, no fue difícil que algunos jóvenes ingleses recurrieran a la delincuencia.

Se dice que Johnny Marr, futuro guitarrista de The Smiths, se relacionó durante algún tiempo con una banda de ladrones de joyas. Poco antes había dejado el instituto para disgusto de su padre. Y es que en el distrito obrero de Ardwick las oportunidades escaseaban y el sueño que habían albergado los irlandeses que llegaron en los cincuenta se iba desvaneciendo. Morrissey tuvo algo más de fortuna. Se había pasado toda la infancia y adolescencia encerrado en su cuarto leyendo a los grandes clásicos de la literatura inglesa. Gracias a una sólida formación literaria y a sus conocimientos del panorama musical pudo colaborar en algunas revistas e incluso publicó en 1981 una apasionada biografía de los New York Dolls. Se llegó a independizar en 1978. Pero tras una mala experiencia en un mísero piso del suburbio de Whalley Range no le quedó más remedio que volver al hogar materno.

The Smiths debe el nombre del grupo a la gente corriente, a los millones de Smiths que viven en Gran Bretaña. Era un nombre vulgar, alejado de las pompas y del glamour de las rutilantes estrellas del rock. Ellos eran de la clase obrera. “Hoy decreto que la vida es simplemente tomar y no dar. Inglaterra es mía y tiene la obligación de mantenerme” escribió Morrissey en una de las primeras canciones de The Smiths. La falta de horizontes siempre ha estado muy presente en las canciones de The Smiths. Sin ser un grupo politizado en la medida que lo eran The Clash o el incombustible Billy Bragg, supieron transmitir las frustraciones de toda una generación. Ellos mismos habían pasado por aquello. “Quédate con los de tu clase que yo me quedaré con los de la mía” proclamaban orgullosos en “Miserable Lie”.

En 2010 el primer ministro británico David Cameron declaró públicamente que era un fan confeso de The Smiths. A los pocos días del anuncio tanto Morrissey como Johnny Marr prohibieron literalmente a David Cameron la categoría de fan del grupo. Ellos que habían crecido bajo el azote del desempleo en Manchester y ellos que habían apoyado las huelgas de los mineros británicos durante los años más duros del Thatcherismo, no estaban dispuestos a que un político conservador frivolizara con algo tan serio como The Smiths. Curiosamente, el asunto llegó a la mismísima Cámara de los Comunes y una diputada del Partido Laborista interpeló al primer ministro sobre su condición de fan del grupo de referencia entre los estudiantes cuando por otro lado se disponía a aprobar el aumento de las matrículas universitarias.

En los últimos días Inglaterra ha asistido a una oleada de protestas y disturbios en las calles. Los medios de comunicación y el propio David Cameron se han encargado de encasillar el fenómeno como meros actos vandálicos cometidos por rufianes e inadaptados a los que sólo cabe castigar y reprimir. Ni la prensa ni las instituciones públicas de Gran Bretaña y ni mucho menos David Cameron han relacionado la profunda desigualdad social que vive el país con las algaradas callejeras. Alguien le podría haber soplado al oído que hasta su idolatrado Johnny Marr tuvo que delinquir de joven para poder ganarse la vida. Asimismo, algún asesor podría haberle recordado la exclusión social y la represión que sufren amplios colectivos de inmigrantes asiáticos y de raza negra. Poco habrá cambiado Gran Bretaña desde que los irlandeses eran comparados con los perros. Ahora son otros los humillados y los marginados. Pero las injusticias no sólo no han desaparecido sino que se han agravado.

Pedro Luna Antúnez.